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Yves Klein

El artista, mediante la pintura monócroma y sus investigaciones sobre el vacío llevaría hasta sus últimas consecuencias la esencialidad artística.

De ascendencia adinerada todo le avocaba al estudio de una profesión liberal, y efectivamente así fue, estudiando durante algunos años derecho, pero pronto se apasionó por la pintura. En ella aplicó su pasión por el judo: toda la filosofía zen, las relaciones energéticas con el espacio, la imbricación entre lo mental y lo físico y las relaciones entre lo visible y lo invisible.

La década de los 40 fue para Klein la de las grandes amistades y descubrimientos. En 1947 conoce al poeta Claude Pascal y a Armán interesándose por la cosmogonía, la astrología y los rosacruces, sociedad a la se adhirieron en 1948. Con Pascal recorrerá Inglaterra e Irlanda, comenzando a interesarse por la pintura monocroma gracias a su trabajo como preparador de colores, pintor y dorador de marcos en la fábrica Robert Sauvage de Londres.

En 1951 pasa por Madrid para dar unas cuantas clases de judo en la academia de Fernando Franco de Sarabia y entre 1952 y 1953 permanecerá en Japón enseñando francés en Tokio y perfeccionándose como judoka. Su ilusión entonces fue volver a Francia para enseñar las técnicas aprendidas, pero no se le reconoció el título de cinturón negro y se dedicó a escribir y a hacer películas sobre el tema. Se puede decir que su vocación de judoka tuvo más repercusión en España, país al que volvió como maestro en 1954.
Mientras, el inquieto Klein se plantaba su trabajo como pintor monocromo, llegando a exponer sus pinturas en la academia de Fernando Franco de Sarabia (Madrid) que le editó un folleto: “Yves: Peintures” (”Yves: Pinturas”), que fue la carta de presentación como pintor en París.
En 1954, regresa a la ciudad de la luz, inaugurando un club de judo e intentándose inmiscuir en el mundo del arte, algo que le resultó difícil porque sus padres estaban bien relacionados con otros artistas. A pesar de ello, el comité de selección del Salón de las Nuevas Realidades excluyó en 1955 una pintura monócoma, al no entender aquella enorme superficie pintada de naranja. Con él quería liberar al color del dominio de la línea, liberando de este modo la sensibilidad humana.

Tuvo que esperar a 1956 para exponer en la galería Colette Allendy, con el beneplácito del crítico Pierre Restany quien veía en Klein un silencio estético. Un silencio adherido al pigmento, con el que experimentó en compañía de su compañera, la arquitecta y también judoka, Bernardette Allain.
En aquella muestra conoció a Marcel Barillon Murat, Caballero de la Orden de los Arqueros de San Sebastián, a la que Klein se sumo en ese mismo año, mediante una ceremonia celebrada en la iglesia de Saint-Nicolas-de-Champs de París. Ello es un buen ejemplo del carácter megalómano del artista.

En 1958 le encargan la decoración de un teatro de ópera en Gelsenkirchen. El diáfano edifico recibió en su vestíbulo gigantescos paneles monocromos en un peculiar azul que denominó “Azul Klein” y relieves con esponjas también con este mismo color. Convencido de hacer extender su azul fundó el “Partido de los Patriotas Azules” y decidió llevarlo a lugares emblemáticos de Francia.
La pintura monocroma es la única capaz de desactivar la materia y el tiempo a favor del espacio, como receptáculo de la sensibilidad del espectador. Parece que ella capta lo indefinible, el momento mismo de la iluminación o la inspiración, la plenitud vital y libertad que sentían los poetas griegos. La contemplación sensible de la pintura monocroma nos lleva a lo trascendente, sin dimensiones.
Las esponjas se convirtieron en soportes paradigmáticos como se pudo ver en la muestra “Bosque de esponjas y bajorrelieves monocromos” (”La fôret d’éponges et les bas-reliefs monochromes”, 1959) celebrada en la galería Iris Clert de París. El interés de Klein era su capacidad de absorción, la capacidad de acumulación de color no sólo en las zonas visibles, lo que le llevará también a adherirlas a los lienzos.

No sólo trabajará con el monocromo azul, sino también con el oro y el rosa, símbolos respectivamente del espíritu, lo absoluto y la vida. Y será este último “elemento” el que caracterice las “Antropometrías” (”Antropometries”, 1960) en las que el cuerpo desnudo de unas modelos es embadurnado en color y estampado directamente sobre el lienzo mientras un conjunto de cuerdas interpretan la Sinfonía Monótona compuesta por el artista a base de la repetición de una única nota. El cuerpo mismo es el pincel que trasmite directamente la energía, es la vida misma En relación con esto, hay una pintura que llama especialmente la atención: “Hiroshima” (1961), donde queda la huella atómica de la muerte, como lo único visible en la ciudad japonesa, la sombra.
El fuego también como huella, como residuo, en obras cercanas a las de un mago o un prestidigitador, entendidas como vida, fuerza, luz inmaterial y energía en diversas esculturas ardientes de este mismo periodo.

Klein se adentra con todas estas propuestas en un mundo que está más allá de los sueños y de los espejos. Su obra está en el “más allá” porque ante la insatisfacción, tienta lo absoluto. Un absoluto sin porqué, al estar por encima de la palabra, sin porqué, sin explicación, el arte conceptual, en la idea, profundamente deconstruido.
Su objetivo, con este arte sin porqué es liberar a la vida de prejuicios y herrajes, descubrir el material en bruto del alma a través de la experiencia perceptiva. Todo esto está muy cercano a la cromoterapia y a la unidad arte-vida.

En este anhelo de lo absoluto están sus experimentos con el vacío, haciendo exposiciones a finales de la década de los cincuenta en las que no había nada, o sólo una vitrina vacía. Todo ello responde a las ideas de Bachelard que dan primacía a la nada. Con la ausencia pretende potenciar la sensibilidad como materia prima de la creación; no hay objeto, sino exploración de la ausencia a través de la sensibilidad. Pero todo esto no es una abstracción, es la plasmación de una realidad intangible.
¿Qué es más importante que el yo, que el individuo? el vacío, y eso está presente en su idea sustituir al hombre en el centro del universo por el universo en el centro del hombre. Es la anulación del yo, para que este pueda fundirse con el cosmos. La radicalización de esta idea se llevó a cabo en la venta de “Zonas de Sensibilidad Pictórica inmaterial” durante 1959, en las que a cambio de oro vendía aire.
Pero sobretodo en el “Salto al vacío” (”Saut dans vide”, 1960), donde se reproducía un fotomontaje de Klein saltando al vacío desde un balcón. Este fotomontaje remitía a varios hechos reales en los que Klein se arrojaba desde varios metros, ya que él sabía caer como judoka. Pretendía fundirse con le espacio, levitar, violar las reglas de la gravedad, yacer en el espacio como en una tumba En este sentido se lee su obra “Aquí yace el espacio” (”Ci-gît l’espace”, 1960) sobre la que existe una serie de fotografías preformativas: primero Klein coloca rosas blancas sobre el panel dorado, continua esparciendo sobre él láminas de oro, luego se tumba bajo el cuadro y su compañera Rotraut deposita una corona de esponja azul sobre éste, en la último foto aparece Klein bajo el cuadro asomando sólo la cabeza y con los ojos cerrados.

Esta esencialidad sólo encontrará su solución en la muerte. La nada como grado superior de realidad donde vida y muerte, trascendente e inmanente, se compenetran con una gran unidad.

Quizá la mejor obra de Klein fuera su misma muerte acaecida prematuramente en 1962 por un infarto, naciendo pocos meses después, su único hijo.

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...por Manuel Sánchez ...por Manuel Sánchez


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3 comentarios en Yves Klein

  1. ¿Qué más añadir a este fabuloso artista? Enhorabuena por la biografía de Yves Klein.

  2. Yves Klein está considerado como una importante figura dentro del movimiento neo-Dadaísmo. Su obra me encanta.

  3. Me gusta prácticamente toda la obra creada por Klein una obra que se mueve en torno a conceptos influenciados por la filosofía Zen, que el mismo describe como “le Vide”.

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