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Vittore Carpaccio

Corre el siglo XV en Venecia. La privilegiada condición comercial que la ciudad goza con las Indias por esta época, la convierte en crisol de culturas y centro neurálgico del comercio y del arte, favoreciendo, de ese modo, la llegada de pintores dispuestos a plasmar en sus obras la opulencia y riqueza de la no tan serenísima república.

En un ambiente como éste llega al mundo Vittore Carpaccio. Su fecha de nacimiento se desconoce, pero se sitúa alrededor del 1465 y sólo tendremos noticias de él años más tarde, cuando su tío Ilario Scarpazza le mencione en su testamento. Como muchos humanistas cambiará su nombre original por el de Carpathius, que derivará con el tiempo en Carpaccio. Muchos son los artistas que residen en Venecia y muchas las corrientes que le pueden influenciar, pero serán dos artistas los que dejarán una huella especial en el pintor, tanto en el estilo como en la temática.

Antonello di Messina supone para Carpaccio el descubrir de la geometría, que le servirá para realizar sus composiciones fantásticas y fabulosas, sometidas todas, a las estrictas reglas del espacio-tiempo y de la perspectiva, consiguiendo así, un equilibrio formal exquisito que le caracterizará durante toda su obra. La geometrizante forma de describir la realidad de Antonello di Messina será llevada al extremo por un jovencito Carpaccio que, no en vano, conseguirá en sus obras una perfección casi arquitectónica.

Otro pintor que le influencia, no en el estilo, sino en la temática es Gentile Bellini, quien con un aire documental plasma escrupulosamente la sociedad de la época. Carpaccio, dejando atrás el decorativismo tardogótico de Bellini consigue cristalizar la ciudad lagunar dándole un aire imperecedero, de cuento, sumergiéndola en las nieblas de un sueño eterno. La Venecia onírica de Carpaccio está plagada, sin embargo, de detalles reales, de precisión arquitectónica y de pulcritud preciosista en la descripción de las personas, objetos y animales. Es una naración de la ciudad que, por otra parte, dista de ser un retrato minucioso, ya que muchos de los acontecimientos que se narran, como en el caso del ciclo de “Santa Úrsula”, tienen lugar en el lejano norte. Cierto es que para un ojo moderno la imaginaria visión de la Europa meridional nada tiene que ver con la visión carpaccesca, en cualquier caso, el pintor sigue un criterio arbitrario diferenciando las ciudades cristianas de las paganas, por la abundancia de edificios bizarros y orientalizantes en estas últimas.

Carpaccio es tan capaz de concedernos un pequeño guiño humorístico-teatral, como de hacernos partícipes de un juego adivinitativo, dándonos pistas en una tela de lo que sucederá en la siguiente. Muestra de ello es su primer ciclo pictórico, el que le encargará la Scuola di Sant’Úrsula, una institución laica paralela al estado protegida por un santo, en este caso santa, al que le dedican las obras.

Poco se sabe de los inicios pictóricos de Carpaccio, muchas, sin embargo, son las suposiciones, las hipótesis. Algunos autores lo sitúan de adolescente en Ferrara, como testigo presente de justas y torneos, de ahí que se le atribuya la autoría de “Tornei”, un cuadro que no aparece firmado, pero que describe los torneos de esa ciudad medieval. Otro conocido cuadro que se le atribuye es el de “Uomo col berretto rosso”.

En cualquier caso, la producción adolescente de Carpaccio debe haber sido abundante, debido a la madurez pictórica de la que goza al emprender su primer ciclo, el de “Santa Úrsula” y al firmar por primera vez una obra suya en 1490. Este primer ciclo pictórico constituye una maravillosa evocación a las leyendas medievales. El pintor, no en vano, se inspira para la narración de la vida y martirio de la santa en la Legenda Aurea de Jacopo da Varagine, obra popular en la época. La historia representada en ocho telas se inicia con el “Arrivo degli ambasciatori”, es decir, con la llegada de los embajadores ingleses a la corte del rey cristiano de Bretaña. Este cuadro que podría ser casi un tríptico está construido en escenas de riquísimos efectos espaciales, aparecen dos escenas bien delimitadas: la entrega de la carta al rey y las condiciones que Úrsula le exige a su padre para el matrimonio con Ereo, el rey pagano de Inglaterra. Asimismo se presagia la desgracia en la expresión de la nodriza.

En “Comiato degli ambasciatori” la habilísima utilización de la luz revela un interés muy humanístico, al que se le suma en la siguiente tela, “Rimpatrio degli ambasciatori”, una cierta teatralidad en el ritual que se representa, ya que vemos desfilar por él a miembros de la Compagnia de La Calza, una agrupación de jóvenes nobles que se dedicaban a la comedia, y entre ellos, a los Loredan, comitentes de la obra. 

En “Incontro dei fidanzanti e partenza per il pelegrinaggio” a la acostumbrada especialidad y mezcla de edificios reales con fantasías arquitectónicas se añade una gran vivacidad, que entrará en contraste con el delicado intimismo de otra obra que es puro color: “Il sogno”. En las fábulas de Santa Úrsula se consigue un equilibrio fascinante entre la fantasticidad del relato y la plausibilidad de la naturaleza, siempre con el inconfundible perfume de Venecia.

Simultáneamente a la creación de estas obras Carpaccio realiza algunas telas junto a Gentile Bellini y Vasari para la Scuola di San Giovanni Evangelista. Destaca entre estas creaciones la del “Miracolo della Croce”, en la que se escenifica un milagro acaecido en la ciudad lagunar en el 1494 y que da la oportunidad al pintor de describirnos con un escrúpulo casi documental le botteghe, los talleres de arte, del Canal Grande, así como el antiguo puente de Rialto, todavía de madera.

Su fama y su prestigio se extienden por la “Serenissima” y tras el ciclo dedicado a la Santa en 1502 le sucede otro, esta vez para la Scuola di San Giorgio degli Schiavoni. Tres son los santos protectores, Gerolamo, Giorgio y Trifone y un lustro será el necesario para recrear sus vidas. Obras destacables son “San Gerolamo e il leone”, donde Carpaccio nos demuestra una vez más su particular humor al representar a unos monjes despavoridos que huyen de un león amansado. En la “Visione di San Agostino”, Gerolamo en forma de rayo de luz nos muestra con una minuciosidad sorprendente la habitación de un humanista.

Con la llegada del nuevo siglo, nuevos vientos, nuevos aires llegan a la laguna. Nuevas tendencias como el tonalismo empiezan a hacer furor. Giovanni Bellini y Giorgione se convierten en los pintores de moda de principios del Cinquecento. A pesar de la negativa a renovarse de un Carpaccio ya maduro, se aprecia un momentáneo abandono de su rigor arquitectónico, y un tímido acercamiento a Giovanni Bellini en el uso de los colores: “Meditazione sul Cristo Morto”.

Tras las telas dedicadas a “San Gerolamo” le suceden las de “San Giorgio”, leyendas muy del gusto del pintor y en las que se recrea en una fantasía medieval muy a lo cantar de gesta. Vuelven las arquitecturas bizarras, vuelve la orientalización de los paisajes, esta vez, sin embargo, la tragedia, el morbo y la sangre se hacen más punzantes, muy al estilo de Mantegna. Son obras en las que el color goza de gran protagonismo y en las que los personajes, como en el ciclo anterior, se ven envueltos por un halo mágico, como si estuvieran encerrados en un mundo encantado.

Contemporáneo al ciclo para los Schiavoni es el de la Scuola degli Albanesi, un ciclo en el que se retratan momentos de la vida de la Virgen. Se aprecia en estas telas una disminución de la calidad, debida en parte a la participación de colaboradores. La mejor obra es la “Annunciazione”, comparable con “La Madonna che legge” por la tranquilidad que transmite la pintura. Una luz tenue y un colorismo suave podría parecernos incluso una ligera adhesión al tonalismo giorgioniano. Carpaccio, sin embargo, se mantendrá fiel a su estilo durante toda su vida, y, aun así, seguirá gozando de prestigio. En 1507 se le selecciona para realizar unas telas en el Palazzo Ducale, participando también un año después en una comisión de expertos destinados a evaluar los frescos de Giorgione en el Fondaco dei tedeschi.

Su no evolución pictórica le origina algún que otro fracaso en los años venideros, pero pese a su attardamento consigue resultados de fuerte sugestión. Este es el caso del “Giovane cavalliere”, identificado con Francesco Maria della Rovere, datado en 1510. Es un cuadro muy cuatrocentista, con unas descripciones exquisitas y casi científicas de animales y plantas y que a pesar de su retraso pictórico presenta un rasgo muy innovador, el personaje aparece de cuerpo entero.

Hacia 1511 inicia un nuevo ciclo, esta vez para la Scuola di Santo Stefano. La obra más importante es “Disputa di Santo Stefano”, cuadro datado en 1514 y en la que unos personajes, sus compañeros de Scuola, aparecen en primer plano mientras que una exhibición de curiosidades arquitectónicas surcan el fondo.

Otra obra destacable es “Il Leone di San Marco” de 1516 en el que el símbolo de la Serenissima se posa entre el mar y la tierra, escenificando el dominio de la república véneta sobre ambos.

Sus últimos años están caracterizados por un cierto anonimato. Un astro le eclipsa, Tiziano. Un Carpaccio anciano realizará obras menores para parroquias del Entroterra veneciano antes de su muerte, que le llegará entre octubre de 1525 y junio de 1526.








...por Olga Cabezuelo ...por Olga Cabezuelo


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2 comentarios en Vittore Carpaccio

  1. Interesante ver en la pintura de Vittore Carpaccio la siempre bella ciudad de Venezia.

  2. La introducción de Venecia en las escenas pintadas por Carpaccio lo convierte en el primer gran pintor de vedute (vistas), tema pictórico relativo a dicha ciudad que gozó de gran popularidad y tradición posterior.

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