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Man Ray: Un americano en París

Emmanuel Radnistsky –más conocido como Man Ray (1890-1976)- arribó a Francia el 22 de julio de 1921.

Dos semanas atrás había embarcado en el puerto de Nueva York con la esperanza de conocer París y visitar museos, aspiración bastante común en la mayor parte de los turistas americanos.

Pero Manny –como le llamaba cariñosamente su familia- no era en modo alguno un turista, sino un joven con aspiraciones artísticas que mantenía viva la esperanza de entrar en contacto con otros jóvenes tan inquietos como él. En Estados Unidos ya había dado los primeros pasos en la difícil y no muy apreciada profesión de pintor asistiendo a los cursos del Ferrer Center (fundado en memoria del pedagogo catalán Francesc Ferrer Guardia), ubicado al norte de Nueva York.

No es hasta 1911 –fecha en que conoce al fotógrafo Alfred Stieglitz- cuando debuta en el mundo del arte. Además de promover la foto contemporánea, Stieglitz tenía el mérito de haber puesto a los norteamericanos al tanto de las obras de Picasso en su galería de la Quinta Avenida. Aquel encuentro permitió a Manny iniciarse en el conocimiento de las técnicas fotográficas y ganarse la vida ejerciendo este trabajo. Así lograba pagar las clases que recibía de noche en la Escuela Ferrer. Otro suceso importante en la vida del joven fue la memorable exposición de 1913 llamada Armory Show, a través de la cual inició contactos con otro artista desconocido, el francés Marcel Duchamp, que había logrado hacer bastante ruido con Desnudo descendiendo la escalera.

Influenciado por Duchamp y otras figuras de la vanguardia europea –como Léger y Picabia-, Man Ray comenzó a transitar por distintas etapas que iban del fauvismo al cubismo, y de éste al surrealismo. Por aquella época ya mantenía relaciones con Adon Lacroix, escritora belga un tanto más joven, que puso en sus manos los libros de Baudelaire, Mallarmé, Rimbaud, Apollinaire y Lautréamont. Impactado por este último, realiza uno de sus más célebres “objetos surrealistas” que titula El enigma de Isidoro Ducasse -una máquina de coser y un paraguas envueltos en una manta amarrada con una soga. Y realiza cuadros en los que concede cada vez más importancia a los elementos no figurativos (como la serie de “papiers collés” Revolving doors “Puertas giratorias”, 1916-1917, y la tela Funámbula acompañada de sombras, 1916), retomados por el artista tiempo después para volver a elaborarlos sobre la base de una nueva técnica -la aerografía- que eliminaba el aspecto artesanal de la imagen transmitiéndole cierto anonimato, a la manera de las producciones mecánicas en serie según las aspiraciones dadaístas.

En aquel viejo y nostálgico París de los años veinte, es recibido por Duchamp, quien lo presenta de inmediato al poeta André Breton y demás surrealistas. Y aunque Man Ray nunca había pensado quedarse por mucho tiempo en la ciudad, el encanto de Montparnasse -y la tremenda acogida dispensada por Tzara, Ernst, Éluard y el mismo Breton- prolongaron el viaje hasta la ocupación alemana de Francia. Instalado en el barrio de los escritores y artistas, aquel “americano bajito y decidido” –tal como lo describe Herbert R. Lootman en su conocida biografía- empezó a realizar obras mucho más significativas, aunque no tanto en el terreno de la pintura como deseaba, sino en el de la fotografía. Pronto llegaría a destacarse como fotógrafo de casas de moda y casas editoriales, haciendo importantes aportes en el ámbito de la fotografía artística. Entre la abundante clientela que empezó a asediarlo se hallaban pintores como Juan Gris, George Braque y Pablo Picasso. Y escritores de la talla de Gertrude Stein, James Joyce, Ernest Hemingway y Ezra Pound, por sólo citar algunos.

Se dice que en la misma medida en que comenzó a ganar dinero con las fotos, Man Ray optó por regalar sus cuadros a quienes los deseaban, quizás como reflejo de cierta decepción ante la poco rentable profesión de pintor. Y aunque había llegado a asegurar que el arte verdadero debía seguir siendo invendible, las fotos que realizaba nunca las regaló, llegando a pedir por cada una de ellas un elevado precio. Entre los aportes de Man Ray a la fotografía hay dos esenciales: la rayografía y la solarización, ambas descubiertas de manera accidental mientras trabajaba en su laboratorio. Haciendo una noche copias de contacto descubrió la primera, que no era otra cosa que lograr imágenes impresas sin la cámara fotográfica. La segunda, fue provocada por una mujer –Lee Miller- al encender la luz del estudio donde Ray revelaba unos negativos. El norteamericano notó que aquel accidente no modificaba la imagen, sino que sólo la afectaba con una línea de contorno “como si hubiera empleado un pincel”. Y terminó por explotar aquel efecto en muchas de sus fotos posteriores llegando a obtener sorprendentes resultados.

Al margen de esta labor, Man Ray sostuvo un continuo esfuerzo como artista plástico que refleja, en primer término, las coordenadas propias de las primeras vanguardias. Además de la huella cubista de los tiempos iniciales, se percibe el modelo maquinista, inspirado en obras de Léger, Duchamp y Picabia, y -desde luego- la influencia surrealista de Dalí, Magritte y Ernst, como resulta evidente en los cuadros El incomprendido (1938-1962) y Le beau temps (1939), ambos de grandes dimensiones y en los que el autor utilizó “todas las técnicas”, desde el impresionismo al cubismo, y del cubismo al surrealismo, según expresara.

La obra plástica de Man Ray se completa con una colección de “objetos surrealistas” realizados entre 1916 y 1971. Los que alcanzaron un sentido especial para él fueron exhibidos bajo la denominación genérica de “mis objetos predilectos”, despojados de toda función utilitaria. Unos resultan agresivos (Regalo, 1923), otros insólitos (El enigma de Isidore Ducasse, 1920-1921).

Inconforme siempre, incursionó también en el cine, dejando obras como Le retour à la raison (1923), o La Étoile de mer (1928), basado en un poema del francés Robert Desnos. No resulta nada casual que ya en 1928 el escritor cubano Alejo Carpentier lo considerara “el fotógrafo y cineasta más extraordinario de la hora actual”.








...por José Pérez ...por José Pérez


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