Una de las obras más intemporales y fascinantes que han hecho correr ríos de tinta para interpretar los significados herméticos que posee.
La pintura se realizó entre 1655 y 1656 con unas medidas de 318 cm de alto con 276 de ancho. Se nos muestra una habitación rectangular en penumbra, iluminado por la luz que penetra a través de las ventanas laterales y por las puertas del fondo. En la más visible de las puertas se recorta la figura del aposentador de la reina José Nieto que contempla la escena. Entre las dos puertas encontramos un espejo donde se refleja la imagen de Felipe IV y Mariana de Austria. Al extremo izquierdo del cuadro aparece Velázquez, con la paleta y le pincel, mirando un lienzo oculto, del que se aparta. Junto a él aparece una primera menina de la reina, doña María Agustina Sarmiento, vestida de terciopelo azul verdoso, le ofrece a la infanta Margarita un búcaro de barro. La infanta, vestida de seda blanca con adornos rojos dirige su mirada fuera del cuadro. A la derecha aparece a segunda menina, doña Isabel de Velasco, en satén gris y mirando también fuera. Cierran la composición la enjoyada enana Maribárbola, con un elegante traje de terciopelo azul, y el enano y ayuda de cámara del rey Nicolasito Pertusano, de perfil y vestido de rojo, molestando a un mastín adormilado. Tras el cuarteto, en penumbra, cuchichean la guardadamas doña Marcela de Ulloa, tocada de viuda y un caballero identificado con Diego Ruiz de Ancona.
La perspectiva y el encuadre hacían fijar al espectador en un punto del espacio exterior al cuadro. El punto de vista preferencial se encuentra algo descentrado respecto al eje, en la zona fuertemente iluminada de la pared del fondo, donde se encuentra José Nieto, situando al espectador en una posición ligeramente baja de la escena, permitiéndonos contemplar el amplio techo de la estancia. Esta idea de vacío se potencia por la oscuridad del muro, el espacio neutro del suelo del primer plano y a concentración de los personajes en una franja de la composición. Estos personajes se disponen en S, vivificando la composición, algo incrementado por los centros de atención introducidos por Velázquez. La infanta ocupa el centro del lienzo, el espejo el centro de la sala, y José Nieto el centro de la perspectiva espacial, como una prolongación de nuestro espacio real. El juego y vivacidad de las miradas es también de suma importancia: mientras María Agustina mira a la infanta, doña Marcela a su compañero y Nicolasito al mastín, Velázquez, Margarita, doña Isabel, Nieto y Ruiz de Ancona miran fuera del cuadro, hacia los espectadores. Esto carga de significado al espejo, los reyes pueden estar fuera del espacio o pueden estar siendo pintados por Velázquez, superponiéndose la realidad natural y la ficción pictórica en una pintura.
La composición, aparentemente improvisada está organizada según lo que cada grupo ve en tres estados independientes de lo visible: lo real, lo pintado y lo reflejado en continua comunicación. Pondrían de manifiesto “Las Meninas” la “verdad del arte del pintor” y las capacidades de su pintura como plural y complejo instrumento de la imitación de la realidad. De este modo el cuadro actúa como un trampantojo que nos engaña no solo por la composición sino por la técnica: pincelada que con manchas disueltas sugiere y construye en relieve, con veladuras y luces espesas y zigzagueantes, modelando volúmenes, texturas y calidades materiales. Falta de definición, pigmentos desleídos que dejan sobresalir la trama rugosa del lienzo, degradándose en cantidad y luz muestran la inteligencia del pintor para provocar la perspectiva aérea, de aire.
Pero esta es una pintura muy premeditada, con algunos arrepentimientos sobre la marcha, como la impostación espacial a través del cambio de línea que une la pared y el techo, en la colocación exacta de los recuerdos de los lienzos del fondo y en la mano de la infanta Margarita. También es destacable, que en un principio la imagen de Mariana de Austria no aparecía reflejada en el espejo y el cambio del autorretrato del artista con un cuello valona, más cercano al cuadro que pinta. Hay otros, que en las radiografías practicadas a la pintura, han visto una nueva puerta iluminada al fondo, un anillo en la mano de Maribárbola, un aguamanil de plata y un paje con bastón de mando que sustituiría a Velázquez, un jarrón de vidrio tras la infanta, un gran cortinaje a la derecha de la composición y una bandeja con un vaso y unos dulces en lugar del búcaro. Por no hablar de los añadidos y los borrados, como la cruz de la orden de Santiago en el pecho de Velázquez y la supuesta llave de aposentador en su cinto, hoy desaparecida.
Considerado este lienzo como culminación del ilusionismo moderno, de los modos de ver y de la reflexión pictórica. Muchos lo consideran un retrato naturalista de la realidad de lo más anecdótico o banal: las meninas y la infanta entran a una estancia donde Velázquez retrata a los reyes. Es decir, era un acontecimiento real que al pintor le pareció interesante retratar de manera pasiva, como una cámara fotográfica. No son pocos, los que rizando el rizo, han visto que el reflejo de los reyes es en realidad el de un lienzo, el que pinta Velázquez, que también podría pintar un autorretrato, a la infanta Margarita o incluso a las propias “Meninas”. El tema de los espejos, de lo reflejado o de lo pintado ocuparon un lugar importante en la historia de la pintura, intentando descifrar como Velázquez la pintó. Se hicieron diversos juegos de espejos, hasta siete y el uso de cámaras oscuras o epidiáscopos que habrían permitido al pintor sevillano obtener la misma imagen que se presenta en el cuadro.
El lugar donde se sitúa la escena es el antiguo Cuarto del Príncipe Baltasar Carlos, situada en el piso bajo, con las ventanas vueltas a mediodía dando al Jardín del Emperadores. Tras la muerte del niño heredero, esta sala había sido cedida a Velázquez como nuevo obrador, más próximo a las habitaciones del rey y de la familia real. De sus muros colgaban diversas obras, que en la pintura sólo son visibles dos: dos cuadros mitológicos de los flamencos Rubens y Jordaens. Son en realidad dos copias realizadas por el yerno de Velázquez Juan Bautista Martínez del Mazo, representando dos escenas de las “Metamorfosis” de Ovidio: “El castigo de Minerva a Aracne” y “Apolo y el sátiro Marsias” o “Apolo y el fauno Pan”. Las escenas mitológicas son retos de los dioses, que finalmente salen vencedores y ejercen un duro castigo. En ambos se exalta el arte divino, algo que se confirma con la presencia de los reyes en la creación de una obra de arte. Su propio le vendrá cuando le añadan la cruz de la Orden de Santiago, confirmado la alegoría de la creación artística, en una reivindicación de la pintura como arte intelectual y noble, defendiendo su libertad en un momento de múltiples disputas sobre el tema y su carácter más o menos artesanal.
Pero “Las meninas” no fueron un cuadro público para defender tal alegato, sino restringidas al uso del monarca. La clave esta vez es política. El espejo sería un objeto simbólico de verdad y prudencia, imprescindibles para el buen gobierno. También sería un modelo, el reflejo de los reyes, para la infanta Margarita, teniendo las pinturas mitológicas colgadas en la pared, un significado moralizante representando el triunfo de la sabiduría sobre el orgullo. También todos ellos podían ser una alegoría de la Prudencia, representada por tres cabezas mirando al pasado, presente y futuro. De este modo Velázquez sería el pasado, Margarita el presente y el resto el futuro.
Las alegorías han ido pivotando sobre los distintos personajes sin mucha base. Paro hay un inconveniente, no era necesaria aleccionar a Margarita, porque ella nunca fue heredera al trono. He aquí el misterio de “Las Meninas”, sin códigos emblemáticos, destinado presuntamente a la infanta Margarita, con la presencia de los reyes como “espejo de conducta”, pero sin un carácter público y oficial, con destino privado que hoy invita al espectador a adentrarse en él, comprobando que está desafiante y herméticamente vivo.

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Enhorabuena por el comentario de la obra “Las Meninas”.
Velázquez no sabía que estaba dibujando una obra capital en la historia del arte pictórico.
“Las Meninas” o “La familia de Felipe IV” de Velázquez no es un cuadro cualquiera y cuando alguien se pone a contemplarlo debe tener en cuenta que está cargado de pequeños detalles y hay que tenerlos en cuenta.
Lo primero que yo destacaría en “Las Meninas” como singular es que el propio autor, Velázquez está en el propio cuadro de pie, sostiene en sus manos la paleta y el pincel pintado una tela y nos esta mirando, como si nosotros fuéramos los modelos del cuadro que esta pintando y no al revés.
Sí, lo que realmente está pintado Velázquez en el cuadro de “Las Meninas” son Felipe IV y su esposa Mariana de Austria que se ven reflejados en el espejo que hay en el centro del cuadro.
Pero recordemos que este no es el tema principal de “Las Meninas” sino que lo es la infanta Margarita, ella está acompañada de sus meninas y meninos que recordemos que eran los acompañantes de los niños reales en la corte madrileña.
Yo no conocía de donde venia el titulo de “Las Meninas” pero he descubierto que en un principio el cuadro se lo conocía como “La Familia” del rey Felipe IV.
Interesante lo del titulo de “Las Meninas” pero volviendo a la composición del cuadro que comentaba Mabel esta obra ha pasado a formar parte de las obras cumbre porqué Velázquez supo inmortalizar la atmosfera, el espacio que se crea entre las figuras que componen “Las Meninas”, remarcando el primer plano y el fondo, formando una ilusión entre nuestro espacio real y el de dentro “Las Meninas” que es el estudio de Velázquez.
La llave de Aposentador que porta Velázquez en su cintura es totalmente visible. ¿O es que necesitamos gafas para ver lo que existe?
Bueno, todo intento es bueno, pero miremos bien y no digamos lo que otros han dicho, aprendamos a pensar por sí mismo.
Un saludo.
“Las Meninas” de Diego Velázquez ha sido uno de los cuadros más polémicos de la historia de la pintura, en él podemos encontrar un gran número de enigmas sin resolver.