Una de las obras más conocidas de Velázquez “Las Hilanderas” ó “Fábula de Aracne” se plantea como un verdadero reto para el ojo que la observa.
En los últimos años de su vida, Velázquez consiguió alcanzar la cima de casi todas sus ambiciones. Dentro de la corte había logrado los puestos como pintor, más codiciados cerca de la figura del rey. En el ámbito personal estaba a las puertas de conseguir su preciado hábito de la Orden de Santiago, nombramiento excepcional que se haría efectivo en 1659. Y es en este momento álgido cuando firma las dos obras más emblemáticas de su trayectoria; “Las Meninas” y “Las Hilanderas”. Aunque la segunda siempre ha vivido en una cierta penumbra respeto a la primera, hemos de decir que el arte velazqueño aquí, se nos muestra en todo su esplendor.
La obra presenta a un artista maduro, sabio, que se estaba convirtiendo en un genio de la pintura. No solamente es técnicamente excepcional, sino que es un verdadero estudio de fuentes, de mitología; en resumen, un verdadero catálogo de erudición. Al final de su vida Velázquez realiza “Las Hilanderas”, cuadro en el que todo se desarrolla controvertidamente, desde la fecha de composición hasta la naturaleza de sus fuentes, o la identidad de sus protagonistas. Todo ello realza la belleza de esta obra maestra de la que Aureliano de Beruete en 1898 llegó a decir que “El cuadro sería el mejor del artista sino fuera por la rivalidad de otra aún más hermosa”; refiriéndose a “Las Meninas”. Pero es preferible ir poco a poco en el análisis de la obra para ir comprendiendo y asimilando cada uno de los pasos dados por el artista.
Hacía 1657, fecha en la que se ha datado este lienzo, Velázquez tiene en la corte el puesto de acomodador real, lo que le permite el acceso a los talleres reales de artes industriales, tal como los de cristal, porcelana, o en el caso que nos ocupa, el de tapices. Por este motivo la obra, hasta la mitad del siglo XX, portó el titulo “La Fábrica de tapices de Santa Isabel en Madrid“, aunque también aparecía alternativamente como “Las Hilanderas”. Hay que llegar a 1948 para que Diego Angulo Iñiguez señale la relación de la escena con el mito de Aracne, y rescate el nombre de “Fábula de Aracne”, recogido en el inventario de 1664. Este mito está relatado en el libro VI de “Las Metamorfosis” de Ovidio, que en estos años estaba presente en todas las bibliotecas de los pintores. Cuenta la historia que Aracne, una joven Lidia desafió a la diosa Palas Atenea en el arte de tejer. Dicho atrevimiento enfureció a la Diosa y por ello destrozó todas las obras de la joven dedicadas a los amores de los dioses, donde el primero era el rapto de Europa llevado a cabo por Zeus, padre de Atenea. Aspecto que suponía una afrenta directa contra ella. Esta parte, narrada por Ovidio, la recoge el pintor sevillano en la escena del fondo del cuadro. En él aparece Palas con atuendo de guerra enfrentándose a una osada Aracne. Tras estas dos figuras se extiende como telón de fondo un gran tapiz con el Rapto de Europa. Dicho tapiz es una versión del cuadro de Tiziano pintado para el grupo de “Poesías” encargo del monarca Felipe II. Se sabe además que Velázquez compartió taller con Rubens durante su estancia en España, en el cual realizó algunas copias de las grandes obras de Tiziano, quizás para medirse con el coloso italiano. Asimismo Velázquez recupera este momento vivido junto a Rubens y lo toma como elemento clave dentro del lienzo. Sin embargo, aquí Velázquez no pinta una copia exacta como la de Rubens, sino que realiza su propia interpretación del lienzo veneciano introduciéndolo o presentándolo como elemento clave de una compleja narración histórica, demostrando así su superior inteligencia y su conocimiento artístico. En este fondo, además, aparecen unas cuantas figuras mirando la escena que se sucede entre la Diosa y la joven. Ellas conforman el conjunto del segundo plano, presentado por Velázquez de modo magistral. Así, recuperando el juego del cuadro en el cuadro, que ya se podía observar en otras obras velazqueñas como “Cristo en casa de Marta y María”; la escena del fondo forma parte importante del todo y se exhibe ante nosotros como un escenario teatral que contempla la escena principal del primer término.
Sí el segundo plano aparece enmarcado por un arco arquitectónico y presentado en un nivel superior separado por dos escalones. La escena del primer plano aparece presentada tras un cortinaje en el lado izquierdo. Éste aparece recogido ligeramente por una figura femenina que nos hace tener la sensación de enfrentarnos a un panorama teatral donde la cortina a modo de telón se abre para que contemplemos la escena. Dentro de este acto advertimos dos figuras encontradas, cada una en un lateral, dedicadas a tejer; mientras que, otras tres figuras femeninas realizan diversas actividades. Debemos centrar nuestra atención en estas dos figuras tejedoras, donde según las interpretaciones seguiríamos viendo parte del mito. La figura de la izquierda es una anciana que nos muestra parte de su pierna, la cual no pertenece a un cuerpo viejo sino a uno joven. De ahí que se halla llegado a la conclusión de que esta figura representa a la Diosa Palas en pleno desafío con la joven Lidia, la cual sería la figura del lado derecho. La contraposición de las figuras a la hora de representarlas nos recuerda la posición también enfrentada de los ignudis de Miguel Ángel realizados para las composiciones de la Capilla Sixtina.
Una vez presentadas las dos escenas principales no debemos dejar de prestar especial atención a otros elementos esenciales para la narración. Por un lado las tres figuras femeninas del fondo, elegantemente ataviadas, se han interpretado como meras visitantes del taller de tapices con el fin de realizar alguna compra. Si nos ceñimos a la mitología, Ovidio cuenta que las ninfas acudieron a ver el duelo entre la Diosa y la humana. Otro objeto destacable es la Viola de Gamba situada sobre el segundo escalón. De ella se ha tenido de nuevo, en cuenta la interpretación de Diego Angulo Iñiguez, cuando la relaciona con la tradición. Se cuenta, y aparece recogido en algún tratado de medicina de la época, que la música actuaba como antídoto al veneno de la picadura de la tarántula.
En cuanto al valor artístico del cuadro técnicamente hablando es invalorable e incuestionable. La maestría acreditada en cada rincón del lienzo, la perfección del uso de la luz y la brillantez de cada pincelada se han unido en este cuadro creando un todo inquebrantable. En la composición no sólo se puede observar las teorías aprendidas, o lo obtenido por la experiencia; sino que también podemos ver un preludio de obras futuras. Se halla presente el estudio italiano de la luz, y el modo tan auténtico usado por Velázquez para representar sus ambientes. Se puede apreciar el cromatismo empleado, con el que se mide o supera la maestría de los grandes coloristas venecianos. A su vez la pincelada suelta y libre nos presenta lo aprendido en Italia, y ya representado en sus dos “Vistas del jardín de Villa Médici” pintados en Roma con anterioridad. Este tratamiento del pincel también lo coloca como un antecedente directo de las modernas obras impresionistas.
En el siglo XVIII el lienzo sufrió una ampliación en las zonas laterales y en la parte superior, no se sabe si para devolverlo a su tamaño inicial, quizás dañado durante el incendio del Alcázar en el año 1734. O simplemente, para adecuar sus dimensiones a alguna estancia concreta.
Para concluir señalaremos que este es el producto de un genio de la pintura, que representó en cada rincón del lienzo un gran conocimiento del arte del pincel, de la técnica ó del dibujo. Pero no sólo destaca por su calidad sino que se alza como la obra maestra de una mente privilegiada que utilizó todo su intelecto e inteligencia para lograr un nivel superior.

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Os dejo lo que dice el Museo del Prado sobre “Las Hilanderas”. Creo que complementa la excelente información explicada en el documento.
Aunque durante mucho tiempo se consideró a estas “Hilanderas” como un cuadro de género en el que se mostraba a unas mujeres trabajando en el taller de la fábrica de tapices de Santa Isabel, hoy ya está probado que se trata de un tema mitológico.
Uno de los problemas que dificultaba la identificación del asunto que el pintor representa en esta obra radicaba en el hecho de que no perteneció a las colecciones reales, y no se tenía noticia documental alguna sobre la misma.
Mediados los años cuarenta de nuestro siglo, hubo autores que, basándose en la propia entidad del cuadro y en esa complejidad y “ambigÜedad” de significados que nos ofrecen algunos de los lienzos más significativos de Velázquez, se resistieron a interpretarlo como una sencilla escena cotidiana. Sus dudas se despejaron poco después, cuando la investigadora Mª Luisa Caturla halló un inventario de las pinturas que poseía el montero del rey Felipe IV, Don Pedro de Arce, en el que figuraba una “Fábula de Aracne, de Velázquez”, no conocida hasta el momento.
Si bien la identificación de esta fábula con el tema del cuadro que nos ocupa ha sido admitida por la totalidad de los historiadores del arte, hay quienes van aún más lejos buscando en él significados ocultos y simbólicos. El que fuera una Apología de las Bellas Artes dirigida a demostrar la superioridad del arte de la pintura sobre la artesanía manual, o una Alegoría política basada en la “Iconología” de Ripa, son otras tantas lecturas que, en opinión de estos especialistas, pueden extraerse de esta obra tan rica en sugerencias.
La “Fábula de Aracne”, recogida de “Las Metamorfosis” de Ovidio”, narra la contienda entre Minerva, diosa de las artes y de la guerra, y la orgullosa Aracne, famosa tejedora de la ciudad de Lidia, acerca de quién haría un tapiz mejor. La osadía de la joven no tuvo límites al representar en su obra una de las aventuras amorosas del padre de la diosa, Júpiter, por lo que ésta la convirtió en araña.
Temáticamente es uno de los cuadros más controvertidos de Velázquez, una de las obras más interesantes y enigmáticas del pintor sevillano. Fue pintado para D. Pedro de Arce, Montero del Rey, aunque en el siglo XVIII ya figura en las colecciones reales.
Se tiene que ir al Museo del Prado para ver “Las Hilanderas” y entender la belleza que pintó Diego Velázquez.
“Las Hilanderas” es una de las obras más conocidas de Velázquez, aunque existen diversas fechas de datación del cuadro. Muchos dicen (como vosotros en PortalMundos.com) que su creación fue en 1657 y otros dicen que fue en 1651. En todo caso, la belleza de “Las Hilanderas” de Diego Rodríguez de Silva y Velázquez está fuera de toda duda.
Este cuadro ha sido llamado también la “Fábula de Aracne” por el lienzo que en este hay representado. Este acto mitológico representa que Palas-Atenea (es decir, Minerva), hábil en todas las artes, se molestó al saber que Aracne, una doncella lidia, presumía de ser la mejor tejedora de tapices y se había permitido representar a Júpiter, padre de Minerva, al adoptar la apariencia de un toro para raptar y gozar al la doncella Europa. Minerva castigó a la indiscreta artesana convirtiéndola en araña.
Este lienzo lleva tal nombre por ser descubiertos posteriormente a estas suposiciones, unas notas de Velázquez en las que ponía que era la “Fábula de Aracne”.