A lo largo de la historiografía artística se han repetido una serie de anécdotas que han contribuido a crear una imagen estereotipada del genio.
La sintomatología del artista se remonta al mito y leyenda de la antigüedad, a las biografías, por ejemplo, de Zeuxis o Apeles en la “Enciclopedia” de Plinio el Joven. Ahí se habla de la excepcional veracidad de los creadores citados, aunque lamentablemente no se puede comprobar al no conservarse su obra. Otra importante biografía de la antigüedad es al del escultor Lisipo en la “Historia Natural” de Plinio el Viejo. Aquí se ahonda en el mito de la naturaleza como modelo para el artista, algo que se repetirá luego en las biografías de Caravaggio o Guido Reni. También aparece la leyenda del ascenso social del artista entrando en juego la casualidad o el destino, en clara analogía con el héroe clásico. Finalmente destacamos otra anécdota, la del genio descubierto o el niño prodigio que es descubierto por un importante personaje, o cuyo arte subyuga al público por la capacidad mimética. Todas estas anécdotas se potencian a partir de la Baja Edad Media cuando se empieza a valorar al artista como creador.
La ascensión social del artista hay que buscarla a principios del siglo IV a. C., cuando aparece como copista de la naturaleza y revelador de la divinidad. Es la idea del Dios-artista o del artista como mago-ilusionista. De este modo el artista consigue fama por motivos que se repiten en sus biografías: copia de la realidad, dominio de la proporción como revelación divina, rapidez en la ejecución, virtuosismo o habilidad técnica, dichos o chistes ingeniosos, aparición en la literatura como personaje conspicuo, su relación con críticos o clientes, las rivalidades o el misterio de sus obras de arte.
Este último aspecto es muy importante, ya que la obra parece estar unida indisolublemente al pensamiento y la vida del artista, como si fuera lo único que le une al mundo. Próximo a esto está la idea del artista como genio atormentado que se desarrollará especialmente desde los siglos XVII y XVIII. Así, en “Memorias biográficas de pintores extraordinarios” de W. Beckford, se mezclaban como en Vasari datos reales y legendarios estereotipados (anécdotas), en los que ya aparecen los grandes caballos de batalla del artista contemporáneo, con el que enlazamos ahora: lo sublime, la insatisfacción, la amante, el suicidio… De especial importancia este último como liberación y gesto de sublimación personal, y cuyo paradigma lo podemos encontrar en “Las desventuras del joven Werther” de Goethe. De este mismo autor, tenemos la tragedia “Torcuato Tasso” en el que se muestra al artista como antisocial, raro, excéntrico, el bohemio incomprendido, como, por otro lado, ya aparecía a lo largo de la historia.
El artista se convierte en el protagonista incontestable de una novela, especialmente en el siglo XIX y a principios del XX. De este modo, el género literario se convierte en heredero de las biografías de artistas, siendo una fuente fundamental para el arte contemporáneo. El artista es el trasunto del escritor, un personaje en el que volcar todas sus emociones. El gran interés reside en los caracteres psicológicos del artista que quedan reflejados en la novela, convirtiéndose en un héroe intelectual. Hemos de reseñar que los artistas ya aparecían como personajes en el teatro clásico de Eurípides o Aristófanes, aunque no con tanto protagonismo.
Será frecuente encontrar en estas obras al artista bohemio, pobre, alejado de la sociedad burguesa y dominado por su libertad creadora, en el seno de un mundo que entraba en una crisis de insatisfacción que aún continúa. Los artistas sentirán el mundo de una manera poética, siendo hijos legítimos del tiempo del desasosiego. Es el símbolo de una sociedad en crisis y la reflexión sobre el arte contemporáneo, reflejado en historias de ficción que tienen mucho de realidad, en continua simbiosis.
Pero quien mejor trata el tema es Balzac, incluyendo al artista en la inmensa mayoría de sus novelas. El escritor estaba muy metido en el ambiente artístico, escribiendo crítica en “La Silhuette”, donde los defiende como intelectuales e innovadores. Defiende el arte como progreso, en oposición a la conservadora burguesía, y el “arte por el arte”. Defensa del artista como productor, defensa de su carácter interior, aunque sea esto lo que le hace un loco y desgraciado como se refleja en “Chatterton” de Vigny, obra en la que el artista acaba suicidándose. Gautier, años después, seguirá apoyando las tesis de Balzac.
Toda ésta sintomatología está representada de una manera especial en el relato de Balzac, “La obra maestra desconocida”, basado en un texto de Hoffman y en el mito de Pigmalión. En el relato, a través del anciano pintor Frenhofer, se quiere representar el carácter del genio. La obra se divide en dos actos: en el primero Frenhofer conversa con dos pintores de distinta generación sobre cómo debe ser la pintura. El segundo acto se sitúa en la casa del protagonista, y además de los dos pintores citados aparece Gillete, la amante de uno de ellos. A esto se suma la presencia de Catherine Lescault, una mujer pintada por Frenhofer, a la que trata como real, en clara alusión a la mimesis y al poder mágico del arte. Una palabra, mágica, que quizás debiéramos cambiar ya por la de fantasmagoría.
En todo este segundo acto pulula el misterio de la obra de arte. Aquí se muestra la angustia del artista por terminar la que considera su obra maestra. Se produce una identificación del arte con la vida misma, volviéndose totalmente dependiente y trasgrediendo los bordes histriónicos de la realidad. Pero cuando Frenhofer muestra la pintura a sus colegas, estos ven tan sólo un amasijo de rayas y manchas entre las que se distingue un pie admirable, una especie de pintura abstracta que expresa lo inexpresable. El pintor, al sentirse incomprendido y consciente de su locura, incendia la casa “matando” a su pintura y matándose a sí mismo. Nuevamente la idea, esa especie de iluminación divina, es incapaz de materializarse en la obra.
Esta psicología se encuentra en muchos artistas del siglo XX que se identificarán con el viejo pintor, tales como Cézanne, Picasso, Rilke o Schönberg, y sobre los que el relato ejercerá una notable influencia. En Frenhofer está el artista con mayúsculas: imposibilidad de sus proyectos, frustración, carácter melancólico y agresivo, locura, fracaso, sentimiento poético, interacción poesía-pintura, es la búsqueda de lo absoluto que en casos extremos conduce directamente al camino de la autodestrucción a través del alcohol, las drogas o el suicidio. Al fin de cuentas es esa búsqueda de lo inexpresable que crea una contraposición entre concepción y ejecución. La creatividad se opone fuertemente a la materia y alas formas, como queda patente en las Vanguardias del siglo XX. Quizá los mejores artistas fueron los que supieron expresar sus conceptos, o no, quien sabe.
La búsqueda de lo absoluto continúa marcando al artista actual, junto con una fuerte lucha de tipo político y social. Ahora el artista grita en las calles y sus manifestaciones creativas son extremas, con una mayor implicación arte-vida, deconstruyendo o destruyendo, como hizo Frenhofer, el arte. Ante este panorama cabe preguntarse hacia que camino se dirige la creación artística en la actualidad, dónde se encuentra y cual es el papel del artista hoy.
Lo que si parece claro es que continuamos en un posromanticismo más desencantado, rebelde e inconformista, si es posible, en su búsqueda. La gran “anécdota” de la modernidad es “la obra maestra desconocida”, Frenhofer aún vive y la gran obra es aún ignota.

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Bien, la sinopsis histórica que desemboca en el actual estereotipo del artista. Pero yo, que llevo 30 años siéndolo, no me identifico ¡ni me identifican¡ con éste estereotipo post-romántico. Efectivamente, el artista como persona que intenta ver el mundo de forma diferente, parecerá diferente al resto de los mortales pero no es así. Me considero una persona con las mismas necesidades que el resto y tan sólo me diferencio en intentar hacer formas lo más personales posible. Debemos hacer hincapié en destruir los estereotipos.
Antonio, estoy de acuerdo en ser lo más personales posibles y que te expreses más allá de los estereotipos. Pero si vuelves a tus esencias, te desprendes del ego y te dedicas solamente a observar sin juzgar, ya no estas siendo un estereotipo. Pero si hacemos lo que comentas y hacemos mucho hincapié en destruir los estereotipos, bueno, corremos el riesgo de dejar de lado nuestra esencia y lo que hacemos puede ser “original”, pero falso. Esto lo he visto mucho en la comunidad artística, pero no siempre. Porque también he conocido muchos artistas realmente originales y sinceros, pero eso les llega naturalmente, no es su fin último.