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La Magdalena Penitente: Pedro de Mena

Nadie como Mena supo acercarse al sentir humano, y plasmar en sus imágenes devocionales todo el fervor religioso impuesto tras el Concilio de Trento.

Tras el Concilio de Trento acaecido en 1563, la temática devocional aplicada a las artes se vio estrictamente transformada, debido a la incipiente necesidad de la iglesia de poder comunicarse con el pueblo de manera directa y clara. Así, como poder transmitir aquellos mensajes que consideraban necesarios para la vida de cualquier buen cristiano. Ante este fervor religioso y en una tierra cargada de espiritualismos y vivir cristiano, nace Pedro de Mena y Medrano. Granada vio nacer al artista en 1628, y rápidamente se puso en contacto con el bello arte de la escultura, pues su padre Alonso de Mena le inició en su taller. De su padre, y de su posterior formación junto a Alonso Cano en su taller debe sus conocimientos y maestría Pedro de Mena. A la temprana edad de 18 años quedó huérfano, entrando pronto en contacto con uno de los grandes maestros del panorama artístico del Siglo de Oro, Alonso Cano. En estos dos maestros se esconde y se guarda la esencia de este escultor.

De su padre adquirió todo el ingenio y la destreza necesaria; junto con las postulaciones estilísticas del naturalismo barroco. Mientras Cano le transmitió su elegancia y pulcritud en el diseño, así como sus ideales estéticos cargados de belleza y serenidad. A partir de esta eclosión, Pedro de Mena, evolucionará libremente, conformando su carácter artístico. Junto a esta primera formación, sus contactos con artistas castellanos trabajadores de la Corte, harán mella en su obra, introduciendo un corte más realista y profundo, característico de la fuerza de la escuela castellana. Por ello, esta simplificación de las formas y la carga expresiva de influencia castellana, la destreza de su padre, junto a la belleza, dulzura y calidez de Alonso Cano; conforman el saber que Pedro de Mena plasma en todas sus obras, y especialmente podemos observar dichas características en la obra que aquí no ocupa, “La Magdalena Penitente”.

Mena alcanzó el máximo esplendor en sus caracterizaciones, sus representaciones cargadas de realismo, presentan unos sentimientos que van más allá de lo real. Los sentidos del alma, la exaltación religiosa y el sentir cristiano se proyectan a través de las manos del escultor, plasmándolas en la madera que conforma la talla. Esta Magdalena fue tallada durante la estancia del maestro en la Corte madrileña hacia el 1622, donde su manufactura fue escasa pero llena de éxitos. Una de las obras realizadas en estos años fue esta pieza encargada para la Casa Profesa de la Orden de Jesús en Madrid, convirtiéndose en una de sus grandes obras maestras. Este trabajo corresponde, dentro de la trayectoria del artista, a sus famosos modelos devocionales; tan característicos del artista, que incluso llegaron a formar escuela tras su aparición. Como ya decíamos Mena sabía proyectar toda clase de sentimientos a través de sus imágenes, por ello sus modelos iconográficos fueron únicos en su época, e inigualables en su conformación. Por ende, podemos considerar al maestro dentro de este siglo barroco, como el artista que mejor supo hallar el mensaje doctrinal pretendido por la Iglesia.

La imagineria barroca y el uso profuso de la madera como material escultórico se adaptaba perfectamente al sentir de la sociedad del momento. La maleabilidad que permitía la madera otorgaba múltiples posibilidades al artista, pues era mucho mas fácil marcar expresiones y movimientos en sus personajes. Mena adaptó todas estas posibilidades que le daba la imagineria, mezclándolas con recursos naturalistas propios también del sentir barroco. Así la imagen de la Magdalena, de tiznes castellanos en su talla, se presenta ante el espectador estante, ligeramente inclinada hacia delante, venerando fervorosamente, casi místicamente podríamos decir, la cruz que sostiene entre sus manos. En la observación de la imagen podemos apreciar como la historia de la Santa ha sido transmitida perfectamente a través de la obra. El Nuevo Testamento nos narra la historia de Maria Magdalena; estando el culto a su persona firmemente arraigado en Oriente, siendo considerada y venerada como un apóstol más. Sin embargo, su presencia en la iglesia de Occidente es diferente, pues se ha narrado la historia de la santa relacionándola con la prostitución, y siendo ella la prefiguración de la mujer pecadora. Maria Magdalena era presentada ante el pueblo europeo como una mujer arrepentida de sus pecados y eternamente penitente. Así mismo su iconografía de cabellos largos y vestimentas propias del desierto, se deben a la mala interpretación de los textos relacionándola con Maria Egipciaca, quién según cuenta “La Leyenda Dorada” de Jacobo de Vorágine, una obra apócrifa del siglo V, fue también prostituta y vagó por el desierto expiando sus pecados. Ambas interpretaciones hicieron llegar este modelo iconográfico a la imagen de la santa, siendo constante en el arte europeo, quizás debido al segundo plano en el que la Iglesia mantenía a la mujer en la sociedad. Por ello esta representación barroca sigue los cánones iconográficos impuestos y transmitidos por la tradición, siendo una imagen muy representada en el panorama escultórico español. La imagen de esta mujer se vio al fin valorada cuando en 1969 la Iglesia Católica retiró el término penitente que acompañaba en la liturgia a Maria Magdalena, así como también la lectura del Evangelio de San Lucas, donde se la presentaba como pecadora, el día de su festividad. Gracias a estas medidas se desmitifica el carácter peyorativo hacia esta mujer santa, aunque la tradición perdura en el sentir de estas imágenes.

Al margen de estas valoraciones simbólicas transmitidas a través del panorama artístico, Mena no solo alcanzó la maestría en esta figura, sino que ese mensaje de arrepentimiento y expiación otorgado a dicha mujer, estaba presente en el bello rostro compungido que presentaba esta imagen. El cabello largo y oscuro envuelve la faz de la santa, que pálida y con los ojos entreabiertos mantiene un intenso dialogo con el objeto que porta en su mano izquierda. Este crucifijo de gran tamaño y aparentemente realizado en madera de inferior calidad, es el objeto de la devoción y penitencia de la santa. Envuelta toda ella en un manto tosco, semejando un tejido de materiales inferiores como podría ser el cáñamo o el yute, casi nunca utilizado para prendas de vestir; que concede a la talla un aura de desvalimiento como pretende dar a entender el artista. Con estos escasos atributos y el realismo otorgado a los gestos, sobre todo incidiendo en la expresión de su rostro y la fuerza anatómica lograda en las manos, Mena consigue transmitir el mensaje: la mujer francamente arrepentida, y hallada en un momento de desesperación por las circunstancias acaecidas, hace penitencia ante su Dios, pidiéndole y rogándole una intercesión por su parte, para poder alcanzar la Gloria junto a él. Así, el fiel, deberá seguir los dogmas de la Iglesia Católica y los preceptos otorgados por las sagradas escrituras para acceder al mundo celestial, arrepintiéndose sinceramente de sus pecados, y penando por ellos.

Es en resumen, esta Magdalena, una de las mas bellas piezas de la imagineria barroca que han llegado a nuestros días, y fue Pedro de Mena un gran maestro qué supo conocer, adaptar y comunicar aquello que estaba sucediendo en su época. Transformándolo en una excelsa talla en madera, digna del mensaje divino que de ella se desprende.

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...por Laura Alonso ...por Laura Alonso


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