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El Palacio Real de Madrid

Majestuoso y elegante, el palacio madrileño es el espejo y fiel recuerdo, de las glorias pasadas y vividas.

Cuando la monarquía reinaba y gobernaba nuestro territorio español, dicho palacio fue el escenario de duras diatribas políticas, grandes fiestas e interesantes intrigas palaciegas.

La historia del edificio se remonta al siglo X cuando el reino musulmán realizó una construcción defensiva, qué más tarde usaron los reyes castellanos, hasta hacerse el antiguo Alcázar, ya en el siglo XVI. Es sabido que en la nochebuena de 1734 un terrible incendio destrozó la morada de los reyes, consumiendo en sus llamas tesoros reales, bellas obras artísticas, y objetos de gran valor. Resurgió de las llamas gracias a la llegada del primer Borbón, Felipe V, quién levantó el nuevo palacio sobre las cenizas del antiguo. Simbolizando, en dicha construcción, la continuidad de una excelsa monarquía que ahora era representada por él, miembro insigne de un ilustre linaje. En primer lugar se entregó el proyecto al italiano Filippo Juvara, pero este murió a los pocos meses de aceptar la obra. Fue continuada, siguiendo las pautas de Juvara, por Sachetti, otro artista de origen italiano, discípulo del primero. Pero este, quiso adaptar el plano del maestro a la realidad planimétrica, y encontrándose con numerosos problemas, pues era espacialmente imposible; así debió realizar algunas modificaciones, como ampliar a seis pisos la altura, introduciendo entrepisos tan comunes en la arquitectura italiana. El nuevo plano presentaba la clásica distribución de dos patios con crujía, quedando finalmente solo alzado lo correspondiente a un patio completo, y el comienzo de uno mayor. Las fachadas son de orden jónico de grandes volumetrías, y recuerdan al estilo de Bernini en su diseño para el Museo del Louvre.

A rasgos generales, es un edificio adecuado a su tiempo, que bebe de la historia de la arquitectura, sobre todo italiana, y que gracias a bellas soluciones, hoy se alza como sede de nuestra monarquía pero también como albergue de historia y de arte. La continuación, ampliación y mejora de la obra se sucedió en el tiempo, con Fernando VI casi finalizaron, para poder ser habitado definitivamente por Carlos III en el año 1764. Por ello muchos ingenieros, arquitectos y artistas pasaron por esta obra, dejando a veces importantes improntas; como fue el caso de Ventura Rodríguez y Francisco Sabatini que ampliaron la zona circúndate con la concepción y realización de bellas plazas. Sin embargo donde brilla y destaca este palacio es lo que en él se acoge. Colecciones de todo tipo dejan vislumbrar el poder de la monarquía española en ciertos momentos, pues a través de las colecciones artísticas que se pueden contemplar en sus aposentos, podemos alcanzar ínfimamente una idea que se aproxime a la realidad. Este interior es inabarcable, por lo que aquí haremos un breve repaso a sus piezas, o colecciones sin detenernos pormenorizadamente. En primer lugar debemos hablar de su gran colección de pintura, que aunque mermada tras el incendio del 1734, no podemos decir que escasa, pues abruma su gran amplitud y calidad. Obras de primera línea de artistas como Goya, Velázquez, Tiziano, Rubens, Mengs o Caravaggio decoran muchas salas interiores, creando una atmósfera de belleza intelectual. Entre estas salas no podemos pasar sin hacer un pequeño hincapié en algunas, que destacan por su belleza sobre las demás. Tal es el caso del Salón de Columnas utilizado para celebraciones festivas y grandes banquetes. La bella Escalera Principal realizada por Sabatini variando los planos de Sachetti, con escalones de mármol de una sola pieza, y cuya cúpula esta decorada con pinturas de Giaquinto representando el “Triunfo de la Religión y de la Iglesia”. El Salón Gasparini realizado durante el reinado de Carlos III, destaca no solo por la belleza del conjunto, sino por el mobiliario diseñado por el italiano Matías Gasparini, del que recibe el nombre. Encontramos siguiendo el recorrido, el comedor de Gala, el más grande del Palacio, que constaba en su origen de tres salas que constituían el Cuarto de la Reina María Amalia de Sajonia, la esposa de Carlos III. Sin embargo no llegó a usarse con este fin, siendo pronto comedor y salón de baile, todo ello decorado con tapices de Bruselas del siglo XVI, bellas piezas de porcelana china del siglo XVIII o piezas de vajilla de Sevres. Siguiendo el recorrido por sus salas excepcionales llegamos a la Saleta de la Porcelana que recibe dicho nombre, por estar revestida en su totalidad por placas de porcelana del Buen Retiro; en cuyos diseños la decoración vegetal es la protagonista. Así hemos alcanzado la Sala de los Espejos, que fue en sus principios el tocador de la Reina Maria Luisa De Parma, esposa de Carlos IV, toda ella decorada con gusto neoclásico, con mármoles rosados, y estucos en cálidos azules y blancos. Los espejos protagonistas son de gran tamaño, decorados con oro y bellas cornucopias. Y finalmente debemos hablar del Gran Salón del Trono, la sala, quizás más importante del Palacio. Fue llamada durante el siglo XVIII sala de los embajadores o de los reinos; presidida por los dos tronos, tapizada de color rojo con decoración de estilo rococó. Forman parte del conjunto del trono, cuatro estatuas de leones hechas en bronce dorado, realizadas durante el reinado de Felipe IV, y que junto a otros ocho, que se destinaron al Museo del Prado, forman el conjunto que estuvo presente en el salón del trono del antiguo Alcázar. Dentro de este gran salón se encuentras espejos diseñados por Ventura Rodríguez, esculturas traídas de Italia por Velázquez, brillantes lámparas de cristal de roca; y finalmente toda la cubierta ingeniada, diseñada y pintada por Tiepolo en 1764, usando como protagonista un tema digno para dicho entorno: “La Grandeza de la Monarquía Española”. Finalizaremos el conjunto hablando de la Real Capilla diseñada por Sachetti y proyectada finalmente por Ventura Rodríguez. De planta elíptica con columnas de mármol negro, y coronada por una bella cúpula de perfectas dimensiones semiesféricas. A su vez la decoración de dicho espacio la realizó Giaquinto para el altar y el atrio. Mientras en otros espacios se pueden contemplar obras de Francisco Bayeu, suegro de Goya; o la bella Anunciación de Mengs.

Otras colecciones representativas son la de Escultura; la de Mobiliario representativa de diferentes estilos y gustos artísticos; la de Relojes, una de las principales del mundo; la colección de tapices tanto extranjeros como de la manufactura real de Santa Bárbara; la de botes de farmacia cerámicos presentes en la Real Farmacia; la colección de la Real Armería considerada una de las mejores del mundo con muchas piezas de armas blancas; y finalmente la colección de porcelanas, sobre todo resaltando las piezas de vajillas de las bodas reales.

Como hemos visto, amplias son las colecciones que guardan estas salas, dichas tesoros fueron, a veces, casi temáticos, por la pasión de algunos monarcas hacia cierto tipo de piezas. En primer lugar podemos hablar del interés artístico nota común a casi todos los reyes, comenzando por Isabel la Católica y la pintura hispanoflamenca, y pasando por la extensa promoción artística de Felipe II. En resumen, la colección que logró establecerse fue magnifica, tanto en su valor como en su número. Y aunque gran parte de dicha recopilación pasó a formar parte de la colección permanente del Museo del Prado en el siglo XIX; muchas otras obras continuaron salvaguardadas en los interiores de los muros palaciegos, sin poder ser vistas ni admiradas, aspecto que se ha querido remediar creando un nuevo museo de colecciones reales.

Concluiremos el artículo con un paseo por los bellos jardines de Sabatini o del Campo del Moro que embellecen y envuelven el edificio palaciego, para darle la sobriedad y elegancia que solo puede entregar la naturaleza.








...por Laura Alonso ...por Laura Alonso


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