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El Juicio Final: Miguel Ángel

Tras haber decorado los techos de la Sixtina, Miguel Ángel es llamado por Paulo III en 1535 para pintar la pared del altar de la mítica capilla.

Cuando el papa Paulo III llama a Miguel Ángel en 1535 es para nombrarlo arquitecto, escultor y pintor jefe del Vaticano. Un año más tarde inició las pinturas de la pared del altar de la “Capilla Sixtina”, destinada al “Juicio Final”. Anteriormente Clemente VII le propuso para el mismo lugar una pintura de reducidas proporciones sobre la resurrección de Cristo, de la que existen algunos bocetos, pero este proyecto no se llevó a cabo por la muerte del papa. Habían transcurrido más de veinte años desde finalizar los trabajos en la bóveda, y el artista había cambiado de estilo y temas. Parecía que Miguel Ángel deseaba demostrar como la pintura podía salir adelante sin ninguna estructura arquitectónica, incluso la superficie no le parecerá lo suficientemente amplia. Manda derribar las cornisas para aprovechar hasta el último rincón para su pintura. Sólo una estrecha moldura separa a ésta de la bóveda, y subraya los dos arcos superiores que caracterizan al mural, con un aspecto de Tablas de la Ley. También cerrará dos ventanas, destruirá el escudo de armas de los Della Rovere y varias pinturas de Perugino como “La Asunción”, a la que estaba dedicada la capilla y que fue mandada pintar por Sixto IV. También suprimió algunas pinturas anteriores en los tímpanos y pintadas por el mismo años antes, y en el testero referidas al Antiguo Testamento. De este modo aprovechó al máximo la pared.

En el “Juicio Final”, Miguel Ángel prescinde de los efectos escenográficos de las arquitecturas utilizados en la decoración de la bóveda para condensar la tensión en el contrapunto entre espacio y las concentraciones de figuras que ocupan diversos núcleos. Puede decirse que el equilibrio entre argumento cristiano y el clasicismo pagano de las composiciones imperante en la bóveda se rompe a favor de un patetismo expresivo y angustiado. Un gran torbellino de justos subiendo al cielo y de condenados descendiendo a los infiernos agita una gigantesca marea de cuerpos humanos. Únicamente, el juez supremo, con gesto mayestático, imberbe al estilo clásico, apolíneo y hercúleo reúne a las masas a su alrededor. El juicio es tan terrible que la Virgen se vuelve temerosa.

A pesar del aparente desorden, Miguel Ángel divide a las figuras en cuatro registros horizontales. Los dos superiores dedicados al mundo celeste, y los inferiores al abismo. En los medios puntos del remate, representó grupos de ángeles portando los atributos de la pasión. La tensión se condensa en el Grupo de Cristo juez lanzando un rayo, como Zeus al grupo de la izquierda. En torno al Salvador aparecen, además de la Virgen, los apóstoles y patriarcas, las sibilas y los profetas. A los pies de Cristo, se destacan las figuras de San Bartolomé, y de San Lorenzo quizás porque la capilla también estaba dedicada a estos santos.
A continuación, hay un grupo de ángeles tocando las trompetas para despertar a los muertos, mientras dos de ellos sostienen, según describe el “Apocalipsis”, el pequeño Libro de la Vida y el gran Libro de la Muerte, entre el torbellino ya descrito de los condenados y los salvados. También es destacable los juegos de escala que hace Miguel Ángel, así el grupo central de Cristo está concebido a una escala superior, los infiernos a escala inferior y el cielo a escala mayor, con una función evidentemente jerárquica. De este modo rompe toda visión planimétrica, creando un efecto convexo y de movimiento rotatorio en torno a un Cristo que es el sol divino de justicia en una peculiar cosmogonía.

Se ha tendido a psicoanalizar mucho el impresionante mural. Este estremecedor Dies Irae puede resultar un ajuste de cuentas de un Miguel Ángel anciano, a la vuelta del mundo, tratado siempre injustamente, incomprendido y despreciado. No en vano se retrata en la piel informe que le arrancan al mártir San Bartolomé y que éste sostiene en su poderosa mano izquierda, pero dotada con los rasgos del pintor. Este santo, dirige hacia Cristo una mirada llena de reproches como preguntando si debe salvarlo o dejarlo caer. Este peculiar autorretrato se corresponde con el estado de ánimo que se va adueñando del maestro conforme envejece. En sus cartas encontramos la prueba de todo esto. Miguel Ángel se sentía explotado, financieramente estafado por sus comitentes, especialmente por Julio II que fríamente sometió al artista durante las obras de pintura en las bóvedas, y otras.
En uno de sus últimos escritos, el genial artista se describe de un modo que nos recuerda mucho al autorretrato sobre la piel de San Bartolomé: “soy una bolsa de piel, repleta de huesos y nervios, mi rostro es la imagen del horror, …las tan alabadas artes, de las que yo tanto supe, me han traído hasta aquí… soy como el tuétano en su funda, encerrado, pobre, solitario… la vivienda, que más parece una tumba, me impide remontar el vuelo… Quien haya comido o tomado una pócima deja sus heces delante de mi puerta, aprendí a distinguir el olor de los tipos de orinas en el canalillo, la pestilencia de los locos que vagan de noche de aquí para allá… Mi amiga es la melancolía, mi reposo el tormento. Yo sería bueno para la figura del bufón, con esta cabaña aquí en medio de los palacios, estoy consumido, desgarrado, roto por tanto esfuerzo… Pobre, viejo, sometido a otros. ¡Me desharé si no muero pronto!”.

Miguel Ángel sitúa la entrada a los infiernos en el lugar al que está obligado a dirigir los ojos el sacerdote. La cruz del altar que separa a ambos, sería calculada estratégicamente por el artista, algo presente en otros “juicios”, como los de Andrea del Sarto o Fra Bartolomeo. Es notorio que Miguel Ángel ha cambiado y su pintura se orienta a conmover y expresar un estado de ánimo interior, y no tanto a hacer una demostración triunfante como en las pinturas de la bóveda.

El “Juicio Final” se concluye en 1541, y a pesar de los desnudos fue acogido en Roma con entusiasmo. Pero también existieron duras críticas, como la de Sernini en una carta de 1541 al cardenal Gonzaga, relativos a los desnudos. La Congregación del Concilio de Trento ordenó con el papa Paulo IV, que Daniele da Volterra, apodado burlonamente el “Pintacalzones” y Girolamo de Fano taparan las desnudeces. Aquí, el artista llevó hasta el extremo sus preocupaciones por el desnudo a través de las casi cuatrocientas figuras de la composición. De hecho, las carnaciones de los cuerpos determinan el efecto cromático dominante en el conjunto, salpicado por unas notas de color luminoso e hiriente de algunas indumentarias, y por supuesto, del intenso azul del cielo.

Se ha dicho, que el artista sexagenario, cuya experiencia del mundo le había llevado a la conclusión de que entre muchos sinvergüenzas sólo se encuentran unos pocos justos, acentuó la caída a los infiernos. La influencia de la obra de Dante es obvia, así como también la del mundo clásico, reflejada en el Caronte remando su barca por el Aqueronte, junto a las fauces del infierno. El tema aquí desarrollado, tradicional en la pintura, es rehecho por Miguel Ángel con un dramatismo de cotas insuperables a través de una expresión de la terribilità. El contexto ideológico que rodea su ejecución es muy distinto al de los anteriores trabajos en la Sixtina. Roma estaba sumida en una terrible crisis tras el saco de la ciudad en 1527, junto a esto, el arraigo de la Reforma y la Contrearreforma y su repercusión en los programas iconográficos.
Aquí se desvanecen los puntos fijos se desvanecen hacia arriba, todo empieza a fluir y el observador ya no percibe una imagen compacta u ordenada, sino que la mirada se incomoda y debe buscar caminos tortuosos e infinitos, rompiendo con las concepciones clasicistas del arte y anticipando las características de la pintura barroca.








...por Manuel Sánchez ...por Manuel Sánchez


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6 comentarios en El Juicio Final: Miguel Ángel

  1. Es un fresco impresionante con su aparente caos, pero que si paras atención descubres que Miguel Ángel hizo un conjunto pictórico de lo más estudiado. Hay que verlo.

  2. El fresco “El Juicio Final” de Miguel Ángel es un enorme conjunto pictórico cuyo tema fue extraído del Apocalipsis de San Juan.

  3. La composición de “El Juicio Final” es un remolino caótico que acentúa la angustia y la fatalidad de la escena. Miguel Ángel creó para la Capilla Sixtina una de las obras cumbres de la historia del arte.

  4. Ojo al dato: se acusó a Miguel Ángel de herejía con su “El Juicio Final” y se intentó destruir el fresco. Por suerte, el papa León III era tolerante y no se preocupó de los desnudos, a su muerte se decidiría la “enmienda” del fresco colocando paños de pureza a todos sus personajes.

  5. He estado en Roma y visité El Vaticano y no dudé ni un momento entrar en la Capilla Sixtina para ver con mis ojos “El Juicio Final” de Miguel Ángel. Es un fresco que deja sin palabras al observador.

  6. Una de las mas grandes obras de arte de toda la historia su magnificencia es incomparable.

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