Edward Hopper nació el 22 de julio de 1882 en la ciudad de Nyack, a orillas del Río Hudson, en el estado de Nueva York. Los Hopper eran una familia de clase media, pertenecientes a una comunidad baptista.
Según parece Hopper dibujaba con soltura a los cinco años y a los diez firmaba ya sus dibujos. Durante su juventud, su formación artística le llevó a Nueva York, donde proseguiría sus estudios en la “Chase School”.
Una vez concluida su formación, en 1906, Hopper se instala en París cerca de un año. Esta estancia hace que el pintor se relacione con las nuevas escuelas estilísticas del viejo continente, dejándose influenciar por el impresionismo en su primera etapa estilística. Según sus propias palabras, Hopper tardó diez años en superar a Europa, y Europa quiere decir en este caso Francia. El mejor ejemplo del paso de la pintura europea a la americana será su obra “Soir Bleu” pintado en 1914. Este cuadro sirvió para que la crítica se fijara por vez primera en él.
Los cuadros de Hopper en este periodo temprano tienen paletas cargadas de colores oscuros, cálidos, tonos marrones, dominando el gris oscuro y el negro. Su manera de pintar sigue por una parte, la tradición de los pintores barrocos holandeses, como Rembrandt y Frans Hals, percibiéndose también influencias de Edouard Manet. Pudiera parecer que este periodo francés de Hopper es independiente del resto de su obra, pero cuando se observan con detenimiento trabajos posteriores, se pueden apreciar huellas de este periodo, que el pintor seguirá manteniendo durante toda su vida artística.
Podemos afirmar que la obra y la vida de Hopper poseen una continuidad lineal, continuidad que es una característica de su pintura. La de Hopper es una existencia llamativamente ordenada y tranquila. Tampoco en su obra podemos señalar periodos muy marcados, debido a que fuera de las breves estancias en Europa, desde 1908 Hopper vive en Nueva York. Aquí vivirá instalado con su mujer, con la que se casa en 1924, ante el éxito que comienza a cosechar el artista a partir de los años veinte.
Hopper es preferentemente un pintor de paisajes y ciudades, pero será permanente en toda su obra el desnudo femenino, desnudos que nos revelan rasgos inequívocamente vouyerísticos. Esta mirada no sólo denota obsesiones privadas y deseos reprimidos en el proceso de la civilización, sino que además trata de retratar rasgos inconscientes de la clase media americana. Las mujeres que Hopper pinta en sus cuadros envejecen con él. Ello puede deberse a que, a partir de 1924, solamente utilizó a una modelo: su mujer.
Los paisajes de Hopper son una herencia del impresionismo francés que enlaza con su época temprana americana. Surgen en su obra composiciones pictóricas en las que naturaleza y civilización se entrelazan, permaneciendo sin embargo, nítidamente diferenciadas. Una y otra vez Hopper pinta puentes, canales, faros o embarcaderos. Las ciudades, otro tema bastante recurrido, suelen ser representadas a través de ventanas, desde espacios interiores. Visiones desde la ventana limitadas por unas casas y otros signos de civilización. Esto no será algo exclusivo de Hopper, sino que entronca con el romanticismo europeo, movimiento del cual le influirán artistas como Caspar David Friedrich o William Turner. Hopper se mueve en la órbita de Friedrich, cuando dice sobre su pintura “Mi objetivo en la pintura fue siempre plasmar de la forma más fiel posible mis impresiones internas de la naturaleza”.
Uno de los rasgos más característicos de su obra será la exactitud de los detalles en la reproducción del ambiente urbano. Hopper reconstruye una despreocupada satisfacción cotidiana en los signos de la civilización americana, tal y como los perciben los europeos que viajan a Estados Unidos.
Hopper siempre aseguró haber intentado reproducir sus sensaciones de la forma más apropiada y expresiva, narrando impresiones de la vida diaria como momentos de aislamiento, de vacío sensorial o de soledad. La extrema precisión con que pinta al hombre moderno en su entorno, en una composición que se caracteriza por los fuertes contrastes de luz y sombra que producen un efecto siniestro y amenazador. Sus cuadros de paisaje, por el contrario, ponen una nota de calma y optimismo, sin que eso implique la reconciliación en su obra entre naturaleza y civilización.
Las figuras de Hopper casi nunca aparecen conversando, suelen aparecer solas y si aparecen acompañadas no tienen relación entre ellas. Muchos de estos personajes se nos presentan como autómatas, pero con una gran carga psicológica. En su obra suele acentuar la línea de separación entre las personas, las cuales normalmente aparecer iluminadas como en un escenario. La influencia de las relaciones humanas que Hopper atribuye a la ciudad no resulta precisamente positiva. Los estados de ánimo no vienen dados en los cuadros de Hopper por una fisonomía determinada, sino por el ambiente o por la postura del cuerpo. La mayoría de estas características se pueden observar en una de sus obras más conocidas “Trasnochadores” de 1912. Se trata de una escena urbana donde plasma la soledad de la gran ciudad. La noche en la urbe sólo está iluminada por la luz del bar, pero el elemento central no será la luz sino las sombras.
Edward Hopper es el primer pintor del siglo XX que supo expresar de forma convincente ese “fin de la vida pública”, precisamente en el país en que más patente se hizo esta transformación. Para la mayoría de los europeos, Edward Hopper es un pintor que confirma la imagen que se tiene de la América de principios de siglo.
Tras una carrera desahogada y fructífera, en 1964 una enfermedad obliga al artista a abandonar la pintura de manera definitiva. Muere tres años más tarde el 15 de mayo de 1967 en su estudio de Nueva York.
El procedimiento de Hopper ha sido calificado como “mitificación de lo banal”, y ciertamente hay en su obra una poesía misteriosa, casi surrealista, que va más allá de la banalidad de las escenas de la vida diaria. Hay que tener presente en todo momento su lenta, reflexiva y constante evolución. Sobre todo hay que observar como no se dejaba apenas influir por lo que ocurría a su alrededor, algo que se trasmite de manera evidente a su obra y a los temas que aborda, ajenos en cierta manera al ambiente hostil y desesperanzador del convulso siglo XX.

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Edward Hopper supo retratar como ningún otro artista estadounidense la soledad en la vida de los norteamericanos.
“Nighthawks” o “Halcones de la noche” o “Noctámbulos” para mi es la obra más representativa de Hopper.
Yo prefiero su titulo original “Nighthawks”. Creo que es la obra más famosa de Edward Hopper, este oleo ha sido homenajeado en películas de Hitchcock, Coppola y Ridley Scott.