El fabuloso pintor Tiziano consiguió en este cuadro plasmar la dignidad y fuerza del gran monarca del siglo XVI, Carlos V.
Tiziano Vecellio nació al norte de Venecia en 1477, donde recibió una formación pictórica exquisita de mano de los mejores maestros. Conocido como Tiziano su fama como pintor de estética veneciana llegó a oídos de los grandes monarcas de la época. Siendo llamado por Carlos V hacia el 1548. Durante dos años, permaneció Tiziano en la corte de Augsburgo, Alemania, trabajando para el rey. En dicha corte le fue encargado multitud de retratos, en los que él conseguía trasmitir la psicología y dignidad del retratado, conn cuadros solemnes, y de excelsa calidad artística.
Es durante estos años cuando realiza la obra que aquí nos ocupa, Carlos V a caballo en la Batalla de Mühlberg. Dicha obra fue realizada en Alemania, con motivo de la conmemoración de la victoria del monarca sobre la Liga de Smalkalda, sucedida en Mühlberg el 24 de abril de 1547. Tiziano resolvió el encargo con un magnifico retrato ecuestre, sin precedentes en la pintura. En el, podemos observar al rey montando un caballo de raza española, cubierto por un bello manto de terciopelo y raso color carmesí, mientras Carlos porta atuendos propios de la caballería ligera, con media pica y pistola de rueda. A su vez se cubre con una armadura, que por su precisión y detallismo se puede fechar en modelos de 1545 realizados por Desiderius Colman. El pintor con esta panoplia, además de su excelso conocimiento demuestra un admirable rigor histórico, dicha armadura labrada en oro y plata, es una valiosa pieza que aun hoy se conserva en la Real Armería del Palacio Real de Madrid. En el centro de la parte delantera del peto, se puede observar la imagen de la Virgen con el Niño, iconografía habitual en las armaduras del emperador a partir de 1531.
El monarca a través de este tipo de obras, y concretamente con esta conseguía utilizar el arte como medio de propaganda política. Su fama de guerrero, de político, de buen cristiano y de excelente monarca debía llegar y ser trasmitida a todas las partes de su reino. Con estos medios pictóricos, conseguía plasmar sus cualidades para siempre, dejando un perfecto ejemplo de su persona, útil para su imagen presente como para su imagen en el futuro. Sin embargo le pidió a Tiziano ser representado antes de la batalla de la que salió victorioso, pues no quería ofrecer una imagen violenta sino de magnánimo y justo. El pintor lo retrata momentos antes de que se suceda la batalla con los reinos protestantes del norte, con los que el monarca tampoco pretendía enemistarse y mostrarse de manera poco política, pues posteriormente debía dirigirlos y gobernarlos con ecuanimidad. Este gesto ajeno a la batalla, cargado de un aire casi divino y de rostro férreo, hace que muchos historiadores asemejen este retrato a cualquiera del mismismo Julio Cesar. sobre todo relacionado con la famosa historia del paso de César por el Rubicón, que nunca osó cruzar, y que sin embargo, Carlos V consiguió con éxito. Así mostraría la herencia de tradición romana que corría por las venas del monarca, y se elevaría como el miles christianus o soldado de Cristo. A su vez esta relación divina se muestra para presentar al emperador como posible unificador de pueblos, en este caso protestantes. Para estas interpretaciones se han valido de los atributos que lo acompañan y sus simbologías. La lanza se podría interpretar como la lanza del Longinos y el arma como la de San Jorge, como caballero cristiano por excelencia, pero trasladado su imagen al poder supremo de los grandes césares.
Por otro lado, debemos hacer mención a su manufactura plástica, donde Tiziano se desenvuelve con maestría plasmando sus conocimientos como dibujante y experto colorista. Como es propio de la pintura veneciana el color prima en sus obras, por ello Tiziano no prescinde de esta cualidad a la hora de realizar este retrato, sino que se apodera de sus posibilidades para remarcar su valía, utilizando unos rojos inimitables y unos ocres apropiados al conjunto de la obra. Los colores se extienden con maestría y precisión sobre la manta que cubre al caballo, sobre la bella armadura o sobre el penacho que remata el casco que le cubre la cabeza. A su vez, dicho despliegue de color aumenta y enfatiza el contraste, al colocarlo junto a la piel pálida del rey, donde se acusa cierta presencia de la vejez. Decide, además, solucionar el fondo con un bello paisaje con bosque y con río, presumiblemente podría tratarse del Río Elba, pues cerca de éste tuvo lugar la batalla que aquí se conmemora. Este lienzo carece de precedentes dentro de la pintura italiana realizada hasta el momento, por ello los historiadores han tenido que hundir las raíces de esta idea en la escultura clásica con el Marco Aurelio Ecuestre de Roma; o más cercanamente en el Renacimiento, también en el campo escultórico. Sin embargo como precedente pictórico habría que irse al mundo alemán donde hallamos algunas obras de Alberto Durero, dentro de esta misma línea. Los ideales ideológicos germanos y este lenguaje pictórico fueron retomados por Tiziano para monumentalizarlo y magnificarlo.
Este modelo de retrato ecuestre fue retomado en el barroco, tanto en el campo pictórico como escultórico, pasando a formar parte fundamental de la iconografía representativa del poder de los monarcas. Por otro lado debemos hacer mención a la obra en sí y a su soporte. El lienzo utilizado por el veneciano para este cuadro fue de finísima manufactura, y gracias a ello podemos aun observar trazas del dibujo preparatorio dados al comienzo para fijar las primeras líneas de volúmenes y formas. Tras realizar una radiografía, para conocer mejor el estado de la obra en la actualidad, se descubrió una importante modificación realizada por el artista en el emperador, parece que en vez de presentarse erguido, aparecía inclinado sobre el caballo. A su vez se puede observar un estado bastante delicado de conservación, debido a una vida complicada y dura, durante la que sufrió varios altercados. Parece ser que al principio, el artista al dejar secar el lienzo, se le pasó el tiempo, y el exceso de luz, provocó algún desperfecto, que tuvo que ser subsanado. Posteriormente sufrió muchísimo durante el incendió del antiguo Alcázar madrileño, acaecido en el 1734, cuando tuvo que ser arrancado del bastidor.
Gracias a los avances en restauración con los que hoy contamos, se ha podido preservar y restaurar lo mejor posible, haciendo que la obra aun permanezca visible, y podamos seguir participando en tan bella manufactura; y admirando la maestría del pintor, y la solemnidad del monarca. Para finalizar diremos, que parece claro que Tiziano tuvo presente la obra la Educación del Príncipe Cristiano de Erasmo de Rótterdam de 1515, donde se podía leer pasajes como este: “Quizás a algunos le parecerá una pequeñez sin importancia pero tiene alguna, pues importa mucho que los artistas representen al príncipe con la seriedad y el traje más digno de un príncipe sabio y grave”, dicho escrito estaba dedicado al futuro Carlos V, por entonces muy joven. Curiosamente el pintor supo trasmitir esa idea de comienzos de siglo, creando una obra única en su trayectoria, que solo repetiría años mas tarde para retratar a Solimán, el gran antagonista de la figura de Carlos V, encargo del cardenal Ercole Gonzaga en 1561.
De un modo u otro, si alguno de nosotros ha tenido la oportunidad de admirar dicha obra maestra, es seguro que nunca más podrá quitarse esa magnifica imagen de la mente. Carlos V tomará presencia en su memoria, montado a caballo, perfectamente ataviado como guerrero, demostrándonos su poder, divinidad y realeza. Es decir, este retrato ecuestre es el icono inconfundible del poder que alcanzó el emperador Carlos V y que legó a su hijo Felipe II, quién consiguió fortalecer el territorio heredado y así hacer el mayor reino hispano que hasta el día de hoy se conoce.

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No es de extrañar que Carlos V eligiera a Tiziano para la realización de este cuadro, es un magnifico retrato ecuestre.