Si analizamos las fuentes, la vida y el contexto histórico podemos llegar a la conclusión que Alonso Cano no fue realmente un arquitecto.
Durante el siglo XVII fue frecuente la presencia de artistas plásticos en labores arquitectónicas, proliferando la ornamentación sobre la estructura vitruviana de solidez, utilidad y firmeza. Esta progresiva presencia de pintores y escultores en el campo de la arquitectura se debió a la gran interacción entre las artes proporcionada por la modernidad. La presencia de escultores resultó más natural, al trabajar las tres dimensiones como los arquitectos, y también por el retablo, manifestación que aunaba a ambos artistas, obligándoles a hacer trazas y planteamientos técnicos. Sin embargo, a los pintores, pudiendo tener conocimientos de perspectiva, les faltaba la parte práctica, la técnica. El origen de tal interacción, era la base común de dibujo en las tres artes. Como ejemplo mostramos la declaración que hizo el pintor Alonso Carbonel en 1626 con ocasión de cubrirse la plaza de Aparejador del Alcázar de Madrid, en la que frente a las posturas del arquitecto Juan Gómez de Mora, defensor de los arquitectos profesionales, abogó por la presencia de los pintores y escultores en la arquitectura a partir del conocimiento que todos ellos tenían del dibujo: “dice que los Maestros Mayores y Aparejadores que han sido de las Reales obras y Alcázares del reino todos han sido escultores y pintores, porque los que profesan estas artes, por la parte que tienen del dibujo, comprenden con más aumento las trazas y las demás partes que concurren para estos oficios..”. Todo ello causó una gran polémica entre los que se llamaron arquitectos-profesionales, formados en el oficio, y arquitectos-artistas, formados en pintura o escultura.
En otras ocasiones las críticas fueron realizadas por personas ajenas a la profesión, como la carta que el Duque de Pastrana envió a la Reina Doña Mariana de Austria, en la cual denunciaba que Sebastián Herrera Barnuevo, prototipo del arquitecto-artista, hubiese sido nombrado maestro de obras porque carecía de conocimientos prácticos. Los tratadistas de la época se hicieron eco de este asunto. Ya desde el siglo XVI, como defiende Covarrubias, se tuvo el concepto de que el arquitecto era diseñador, indistintamente de la obra constructiva, lo que encaja en la denominación del arquitecto-artista. Gines Martínez de Aranda defendió que el maestro arquitecto tuviera conocimientos prácticos; Fray Lorenzo de San Nicolás criticó la intromisión de los decoradores, que mostraban deficiencias técnicas, de graves consecuencias en edificios y aprendices. Para Fray Lorenzo era básica la preparación teórica y práctica del arquitecto. Domingo de Andrade fue también contrario a la participación de escultores y pintores en la arquitectura; en 1661, Juan de Torrija, más tajante en sus declaraciones afirmaba que los proyectos se degradaban al “entregarlos a idiotas y que monstruos son los edificios que fabrican los arquitectos de nombre y no de ciencia”.
Pero también se produjeron alabanzas a obras de artistas que con su formación de retablistas y pintores enriquecieron y renovaron la arquitectura. Los tratados de los pintores defendieron la arquitectura como hermana de la pintura, con una doble intención: poder practicarla y elevar la pintura a arte liberal como lo era la arquitectura. De este modo Francisco Pacheco, en la línea del Greco, en su “Arte de la pintura” afirma: “el que es aventajado dibujando enriquece y adorna más gallardamente sus trazas, siendo de ordinario los que estudian arquitectura canteros, albañiles y carpinteros, los cuales aprenden de los libros medidas; pero no los adornos ni la gala de los recuadros… y otras mil galas que usan los pintores y escultores…”; Lázaro Díaz del Valle y Palomino ensalzan la figura de arquitectos-artistas como José Benito de Churriguera, Narciso Tomé o el propio Alonso Cano.
Este último resulta un caso muy interesante. En un principio, sólo aparecen documentos que hablan del artista granadino relacionado con la pintura y con el ensamblaje de retablos. Donde las únicas labores arquitectónicas serían las de elementos como cornisas, columnas estriadas y corintias… que se especifican indispensables en el contrato del retablo, para lo cual se deberían tener nociones de arquitectura y haber manejado tratados. La primera vez que se nombra a Cano como maestro de las tres artes mayores es en el contrato del Retablo de San Juan Evangelista para el Convento de Santa Paula de Sevilla en 1635. En Madrid sólo aparece como pintor del Conde Duque de Olivares. Pero en este periodo se irá empapando de tratados de arquitectura y de la arquitectura de la corte, hasta solicitar en 1643 la plaza de Maestro Mayor de la Catedral de Toledo y Maestro Mayor de Obras del Alcázar de Toledo, puesto que perdería al considerársele bien formado para la arquitectura.
Será en su vuelta a Granada donde desarrolle una gran labor arquitectónica, aprovechada, a pesar de los sinsabores, por el Arzobispado que se quedó sin maestro de obras en la Catedral. Esto se debe principalmente al interés del cabildo y a la ausencia de maestros en la ciudad. Su gran obra será la fachada de la Catedral de Granada proyectada en 1667; pero poco iba a gobernarla, pues en verano de ese mismo año, Cano cae gravemente enfermo, muriendo a primeros de septiembre, y debiendo ser proseguida por otros maestros. Por lo tanto su labor en la misma se limita al diseño. En lo que respecta a otras realizaciones en su ciudad natal debemos destacar el Templo del Santo Ángel (1653-1661) cuya ejecución no fue del propio Cano, sino de Juan Luis de Ortega. Por las crónicas de Fray Tomás de Montalvo en 1719, sabemos que al levantar la cúpula cedió uno de los arcos de la capilla mayor, debiendo intervenir el maestro mayor de la Catedral de Sevilla, Fernando de Oviedo, ya que nadie daba solución. Pienso que si Ortega era el maestro de obras debió ser suyo el fallo técnico, y no de Cano que se limitó a diseñar y supervisar las obras.
En lo que respecta a la fortuna crítica, Lázaro Díaz del Valle y Palomino, lo consideran maestro de las tres artes, esto es pintura, escultura y arquitectura. De ello se deduce la confusión que había entre maestro ensamblador y arquitecto, y por otro que desde antes de 1659 Cano había influenciado a otros artistas; pero no en edificios hechos y derechos sino a través de sus diseños y arquitecturas efímeras tan renombradas y enumeradas por Díaz del Valle. Ceán Bermúdez critica su inclusión en la arquitectura, como el reto de pintores, considerándolo un diseñador de motivos. Ceán pone las cosas en su sitio, tanto las limitaciones que tuvieron sus intervenciones arquitectónicas, como la especificación del termino de arquitecto, por vez primera en la fortuna crítica. En el siglo XIX se destaca principalmente su labor de pintor, y en segundo plano, de escultor. A lo largo del siglo XX se hicieron algunas conmemoraciones, se investigaron las fuentes y se catalogó su obra. Bajo este prisma se puede confirmar que Cano fue un gran pintor, ensamblador de retablos, escultor y dibujante, de inspiración renacentista, pero no fue nunca arquitecto en el sentido más riguroso del término, es decir capaz no de proyectar en el papel, sino de construir de verdad un edificio completo cimentando y calculando su alzado.
Se sabe por su biblioteca que manejó numerosos tratados teóricos de Alberti, Durero, Palladio, Sagredo, Fray Lorenzo de San Nicolás, Serlio, Vignola o Vitruvio, pero le faltaron la experiencia y práctica arquitectónica, como se dieron cuenta en su paso por la Corte. Queda claro, mediante la deconstrucción de las fuentes, descubrimos que Alonso Cano fue un diseñador (de disegno, dibujo), un decorador, para muchos un diletante, pero jamás arquitecto, aunque su altivez lo pretendiera en más de una ocasión sin mucha fortuna, por una deficiente formación técnica.

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